La Navidad

Estaba ante una de las decisiones más trascendentales de mi vida y el pánico a equivocarme, a tomar una vez más la decisión errónea, me impedía dormir. Sabía que la decisión era una de las que me iba a cambiar la vida, pero recordé la sonrisa y la mirada de Nicolás cuando me invitó a pasar la Navidad junto a él en una cabaña en la montaña y no pude resistirme a su encanto. Reconozco que lo que más me animó a iniciar este viaje fue la emoción de poder pasar la Navidad bajo la nieve. Era la primera vez.

Nicolás es lo que siempre he deseado encontrar en un hombre: sencillo, sereno, creativo, con objetivos claros en la vida y que lucha por ellos. No niego que estoy enamorada de él y que me atrajo desde el primer momento que nos conocimos, para mí tiene un magnetismo indefinible. Pero también temo que me deje cuando me conozca mejor, o quizá le parezca aburrida o inmadura. Es cierto que en los últimos años me he centrado tanto en mi trabajo que he abandonado mi vida social, llegando incluso a evitar a la gente porque estoy tan desacostumbrada que me molestan los compromisos, siento que me restan libertad o me incomodan las recomendaciones sobre lo que debo o no debo hacer. En definitiva, tengo pocos amigos pero son a prueba de todo.

Conduciendo, subiendo hacia la sierra alta, los primeros copos de nieve cayendo sobre el parabrisas del coche me hacían sonreír. Fantaseaba con que huía de un mundo en el que no era feliz y me iba a un lugar mejor para encontrarme conmigo misma, superar el miedo y abrir mi corazón al amor. Tuve que extremar la precaución al recordar que mi coche no iba equipado adecuadamente para la nieve. La carretera ante mí estaba completamente blanca, ningún otro vehículo me precedía y, aunque era un espectáculo fascinante, me sentí un poco agobiada por la posibilidad de quedarme atrapada por la nevada. Más que por una carretera, parecía estar cruzando el cielo para llegar a mi destino.

“¿No has querido nieve? Pues toma, aquí la tienes”, me decía mirando a mi alrededor. Estaba nerviosa y deseaba llegar cuanto antes al pueblo donde había quedado con Nicolás. Él me había advertido de que para subir hasta allí es necesario el uso de cadenas o de neumáticos de invierno, pero no le presté atención. Ya desde la carretera se veían los tejados cubiertos de nieve, como en una postal, y yo me sentía también como en un cuento, con el corazón saltando de alegría mientras aparcaba delante de la “patisserie” donde había quedado con Nicolás para comenzar nuestra aventura navideña. En la entrada había un gran letrero donde se leía: “No puedes irte de aquí sin probar nuestros dulces recién horneados”.

Cuando entré, me pareció estar en otro tiempo. El ambiente, con luz tenue y una decoración creada con mimo, mezclaba sabiamente lo antiguo y lo moderno. Y también, sin lugar a dudas, una de las mejores pastelerías artesanales que he conocido.

Nicolás se acercó para recibirme con un gran abrazo y, al sentir sus labios, fue como si hubiera llegado a un lugar seguro donde quisiera quedarme para siempre. Pedimos un café, acompañado de unas exquisitas galletas florentinas. El olor de la pastelería era una tentación y me hubiera gustado probar casi todo, desde las rosquillas de yema a la tarta de azabache, los mantecados, polvorones, todos los dulces tradicionales navideños que había. Así que encargué una cajita variada para llevar y tal vez con eso podríamos cenar como dos golosos esa noche.

En la sala se respiraba un aire acogedor, casi familiar, con las risas propias de un día festivo y navideño… Para colmo, junto al árbol había una abuela tejiendo una bufanda roja. De vez en cuando nos miraba y yo sentí la necesidad de acercarme y tocar esa bufanda. Me pareció la bufanda más bonita y calentita que había visto. La abuela me miró con dulzura sin dejar de tejer y sentí que ese lugar era mágico, como en un cuento, como si me dijera: “La grandeza de las buenas personas está en su corazón, ilumina con tu felicidad cada momento de esta Navidad, comparte nuevas experiencias”.

Solo junto al todoterreno de Nicolás y con los copos de nieve golpeando mi cara, me desperté de ese sueño mágico.

­­ –Esperemos que pasen los quitanieves y nos vamos detrás. Mejor dejamos aquí tu coche y llevamos el mío. Antes de ir a la cabaña vamos hacer una pequeña excursión por la zona, aunque no nos alejaremos mucho para no perdernos por el bosque.

Yo estaba tan obnubilada que solo acertaba a mirarlo y sonreír; cada palabra que decía, por insignificante que fuera, tocaba mi alma. Me encantaba tenerlo cerca, sintiendo que me mimaba, que me protegía. Después de unos kilómetros dejamos su coche aparcado no muy lejos de la carretera y nos aventuramos por el bosque. Hacía mucho frío a esa hora de la tarde…

–Si pasamos por ese sendero nos vamos a pegar unas duchas de nieve muy poco aconsejables ‑comentó sonriendo cuando miré un sendero maravilloso. Había tramos donde la nieve había tronchado las ramas y los enebros sobre el sendero.

Sobre los árboles había toneladas de nieve, estábamos en una jungla de nieve, rodeados. Era a la vez una pesadilla y una delicia ver filtrarse la luz del ocaso entre las ramas.

–Los escaramujos están preciosos, ¿no te parece?

Solo asentí con la cabeza, no quería estropear la magia del lugar. Ante nosotros había dos árboles que me quedé mirando unos segundos; un pino y un roble, dos razas distintas se entrelazaban, mezclándose, uniéndose, ayudándose. En la naturaleza es donde mejor entendemos la diversidad, ojalá los humanos fuéramos capaces de tomar ejemplo de ese pino y ese roble. Pasamos el tiempo disfrutando de ese lujo que nos ofrecía el entorno, sintiéndonos más confiados el uno en el otro, ahuyentando el miedo anterior a nuestra cita y acercándonos, derribando barreras. La cabaña de madera en la que íbamos a pasar la Nochebuena estaba camuflada entre los árboles, pero con muy bonita decoración navideña. Delante había un porche precioso, en plena naturaleza, con trineo, renos de madera y muchas figuras de animalitos. Y luces rodeándolo todo. Un entorno único, pero en cuestión de minutos el cielo se encapotó, empezó a soplar una ventisca fría y a caer una fuerte nevada. Nos sorprendió tanto que los dos reímos como dos niños que acaban de llegar a casa después de unas horas jugando en la nieve.

Al entrar, afortunadamente, la chimenea estaba encendida a pleno rendimiento para poder disfrutar de la nieve y del calorcito del fuego cómodamente. La cabaña era muy acogedora, con un ambiente agradable y cálido; en el salón había un árbol de Navidad gigantesco, tan lleno de luces que ni siquiera hacía falta encender otra luz. Olía a Navidad, una deliciosa mezcla de canela, pino, copaiba con naranja…, creando un sentimiento maravilloso. La escalera de madera estaba adornada con una guirnalda de calcetines navideños y hojas secas. Me sentía feliz, era muy feliz, su mirada me transmitía calor, bondad, me iluminaba. Había entre nosotros una conexión a base de risas, caricias soñadas, roces que me erizaban el vello…, era como vivir un sueño a su lado. Fue un día inolvidable por el sentimiento de conectar con él y con la naturaleza, aceptando vivir el momento para disfrutar de las pequeñas cosas que nos pueden hacer intensamente felices.

–Me gustaría que vivieras siempre feliz, cada instante, con esa sonrisa que ilumina el alma. Yo estaré siempre –me dijo.

Había una promesa en esos labios que me encendía por dentro… Me hubiera quedado junto a él una eternidad, besándolo y mirando en sus ojos el brillo del amor. Me dejé llevar cuando me cogió la mano y me invitó a subir:

–¿Qué hay arriba? –pregunté.

–Tú y yo…

Esa noche navideña comprendí que amar es cuidar, comprender a la persona amada, inspirarla… Amar es sentir que quieres compartir la Navidad con la persona que ilumina tu vida, que la llena de felicidad y de alegría, y no es solo compartir el tiempo sino crear juntos la magia. Después de esa Navidad supe que mi vida no volvería a ser la misma.

Todos los derechos reservados Nicoleta Talpa





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